Hombre de espaldas observando la vivienda que perdió tras una ejecución hipotecaria.

Hola Patricia. Estoy en la calle

Un día me llamó un hombre. Vamos a llamarle Manuel.

Recuerdo perfectamente aquella conversación porque, mientras hablaba con él, yo no dejaba de pensar lo mismo:

Madre mía… ¿Pero en serio siempre tengo que ser «La Virgen de Lourdes»?

Tenía un chalezaco a las afueras de Madrid. De esos que cuando los ves piensas que quien vive ahí tiene la vida resuelta.
Pero ya sabemos que las casas engañan. Y las personas también. Aunque en este caso no lo digo por Manuel.

Manuel estaba asustado. Mucho.
Tenía fecha de lanzamiento. Le quedaban dos días para que le echaran de su casa

Dos días.

Cuando me lo dijo, yo no me lo podía creer.

—¡Pero Manuel! ¿Cómo me llamas ahora?  Me fue imposible no decírselo.

Llevo años dedicándome a esto y todavía me sigue sorprendiendo la capacidad que tenemos los seres humanos para convivir con una situación insostenible como si fuera a sostenerse sola para siempre.
No lo digo desde el juicio. Lo digo desde la pena.
Porque mientras él hablaba, yo ya estaba viendo el final de la película y no me gustaba nada.

Intenté tranquilizarle siendo lo más franca posible.

Le pregunté si había pedido justicia gratuita. Me dijo que no. Yo necesitaba algo de tiempo para poder ayudarle, aunque fuera poco.

Por un momento pensé que tendría alguna posibilidad. O quizá era yo queriendo creer que todavía llegábamos a tiempo.

Porque cuando una situación llega tan lejos, evidentemente  ya no se trata de salvar una casa. Se trata de salvar a la persona del golpe.
De darle tiempo para recoger sus cosas.
Para organizarse.
Para irse de manera ordenada.
Para despedirse de una vida antes de empezar otra.

Pasaron aquellos dos días.

Salí a desayunar a una terraza al sol. Era invierno.
Como una mañana cualquiera, pedí mi tostada con tomate y un café con leche fría sin lactosa en vaso.

No soy de apuntarme las cosas en una agenda. Todo lo llevo en la cabeza. Para bien y para mal.
Ese día, como la gran mayoría, tenía muchas cosas que hacer, pero antes de empezar con todas ellas, necesitaba disfrutar de ese momento, con ese solazo.
De repente pensé en Manuel y se convirtió en lo más importante (algunas cosas también las llevo en el corazón).

Le llamé.

—Hola Manuel. ¿Qué tal estás? Cuéntame. ¿Qué ha pasado?

Hubo un silencio.

Y después me respondió.

—Hola Patricia. Estoy en la calle.

No sé explicar lo que sentí. Todavía hoy no sé hacerlo.
No eran ni las 10 de las mañana.

Fue una mezcla de pena, rabia e impotencia que me recorrió el cuerpo entero.
Mientras él hablaba, yo podía verlo todo. Como si estuviera allí.

—Estoy aquí en la calle, viendo cómo precintan mi casa. No me dejan sacar mis cosas.

Yo quería llorar.
Estaba escuchando a una persona que acababa de perderlo todo.

Volví a regañarle.

—Manuel, por Dios… ¿por qué no me llamaste antes? No sabes cuánto siento no haberte podido ayudar.

Y entonces me dijo algo que todavía me emociona cuando lo recuerdo.

—Patricia, poder estar hablando ahora contigo ya me está ayudando.

Me rompí.

Porque yo estaba pensando en todo lo que no había conseguido hacer y él me estaba dando las gracias.

Aquella mañana el sol era el mismo para los dos.
Yo estaba terminando un desayuno maravilloso y él estaba sin casa.

Nunca dejo de preguntarme por qué hay personas que esperan hasta el último momento.
¿Por miedo?
¿Por vergüenza?
¿Por desinformación?
¿Porque creen que ya se arreglará?
¿Porque nadie les ha explicado que muchas veces sí existen alternativas?

Vete tú a saber.

Lo que sí sé es que Manuel podría haberse marchado de aquella casa con sus cosas. Con tiempo. Y probablemente con dinero.

Pero llegó tan tarde que ya no quedaba margen para nada.
Aquel fatídico día, no fui capaz de remontar mi estado de ánimo. Como un luto que sentí que tenía que guardar, no sé si por respeto, empatía…
Tristeza. Sentí mucha tristeza y mucha impotencia.

Por eso repito siempre lo mismo. No esperes.
El gran problema no es la deuda. Es llegar tarde a la solución.

Y Manuel llegó demasiado tarde.

Patricia Aragón 
Fundadora de Acuerdos DYA
Autora de «La Deuda Humana» y «La Rueda de la Deuda».