Hay historias que no deberían existir.
Y sin embargo, existen todos los días.
Hace unos meses me llamó una mujer desesperada. La llamaré Ana.
Había pagado 7.000 euros a un abogado para intentar salvar la situación hipotecaria de su familia. El resultado del “acuerdo” que consiguió fue este:
—Tienes menos de un mes para conseguir 70.000 euros o la casa de tu madre saldrá a subasta.
Fin.
La madre de Ana tiene más de 80 años.
Cuando ella me contó todo aquello por teléfono, yo estaba esperando en una notaría para firmar otra operación. Apenas podía hablar, pero mientras escuchaba, hice lo que hago muchas veces en este trabajo: tragar saliva.
Glup.
Porque cuando alguien te cuenta que su madre puede perder la casa donde vive por haberla puesto como garantía para ayudar a su hija, entiendes que ya no estás hablando solo de deuda. Estás hablando de miedo. De culpa. De familia. De tiempo. De responsabilidad.
Y de pronto pensé algo terrible:
si no lo solucionaba yo, probablemente no lo solucionaría nadie.
La historia era la siguiente.
Años atrás, Ana y su entonces marido compraron una vivienda.
Más tarde quisieron cambiar a una casa más grande y firmaron una hipoteca puente con UCI.
Durante aquellos años, las hipotecas puente de UCI se convirtieron en una solución muy utilizada para quienes querían comprar una nueva vivienda antes de vender la anterior.
Sobre el papel parecía maravilloso.
En la práctica, para muchos aquello terminó siendo una bomba de relojería, pues llegó la crisis de 2008 y el valor de la vivienda se derrumbó.
Detrás de muchas ejecuciones hipotecarias actuales, todavía siguen apareciendo operaciones firmadas durante los años del boom inmobiliario, especialmente hipotecas puente mal dimensionadas.
La operación terminó dejando tres inmuebles hipotecados:
- una vivienda en un pueblo de Madrid,
- un adosado en la provincia de Toledo,
- y la casa de la madre de Ana en Madrid capital.
La madre tenía su vivienda completamente pagada. Libre de cargas. Pero decidió hipotecarla para ayudar a su hija a formar una vida.
Después llegó el divorcio.
Y después, el impago.
Cuando analicé el asunto, entendí que el margen que tenía para ayudarla era mínimo. Pero la deuda estaba siendo gestionada por un servicer con el que llevo años trabajando y manteniendo muy buena relación profesional. Eso me dio esperanza.
En las primeras conversaciones que tuve con la persona que llevaba ese expediente, se respiraba tensión. Tensión por un acuerdo que ya sabían que probablemente no iba a cumplirse. Tensión porque de pronto aparecía yo, intentando replantear una operación límite. Y probablemente también tensión porque no me conocía y seguramente pensó que yo era otra oportunista más entrando en una situación desesperada.
Lo entendí perfectamente.
Intenté mejorar ese acuerdo fraccionando el pago que tenían que hacer, pero aún así, para Ana era totalmente inviable.
Fue entonces cuando llegó la parte de este trabajo de la que casi nadie habla: parar y pensar.
Pensar cuando el tiempo corre.
Pensar cuando sabes que si no encuentras una salida, una mujer de 80 años perderá su casa.
Pensar en esa mujer como si fuera tu propia madre. Olvidando incluso que tú también tienes hijos a los que mantener, facturas, una vida y responsabilidades. Porque en ese momento no puedes pensar en otra cosa. Solo quieres solucionarlo. No fallar.
Agarrarte a ese 1% de posibilidades de evitar un drama.
Porque cuando trabajas con deuda, llega un momento en el que entiendes que los números no lloran… pero las personas sí.
Y ahí te reafirmas en la idea de que este trabajo no va solo de firmar documentos o negociar cifras. Va de soportar presión, de «tirar de agenda» pidiendo auxilio sin que se note cuando el tiempo corre en tu contra y de encontrar una salida donde aparentemente ya no queda ninguna.
Yo misma le dije a Ana algo que quizá no suena demasiado empresarial, pero era la verdad:
—No soy capaz de cuantificar mi trabajo porque todavía no sé si voy a poder ayudarte, Ana. No iba a ser yo quien la endeudara más.
Y seguí pensando.
Después de muchas conversaciones entendí que solo existía una salida posible: encontrar un inversor que comprara la enorme deuda y estructurar una operación que protegiera a la madre y cancelara en su totalidad ese préstamo hipotecario.
Finalmente apareció.
La solución fue:
- firmar la dación en pago de la vivienda situada en la provincia de Madrid.
- firmar la dación en pago de la vivienda de Toledo,
- y transmitir la nuda propiedad de la vivienda de la madre, manteniéndole el usufructo vitalicio para que pudiera vivir allí hasta el final de sus días.
Aún queda una parte pendiente de firmar, pero la más importante ya está conseguida:
esa mujer va a poder vivir tranquila el resto de su vida.
Ana perderá una herencia. Pero no perderá a su madre por el camino.
Y ahora me toca a mí otra parte curiosa de este trabajo: cuantificar cuánto vale devolver la paz a una familia.
La verdad es que nunca lo sé.
Lo que siempre me sorprende es la dificultad que tengo para poner en valor aquello que realmente cambia el resultado: la capacidad de pensar cuando los demás ya han renunciado, de asumir la presión cuando el tiempo se agota y de seguir buscando una salida cuando todo apunta a que no existe.
Porque las soluciones imposibles rara vez aparecen en un contrato, en un informe o en una minuta.
Aparecen cuando alguien decide implicarse lo suficiente como para no aceptar el peor desenlace.
Cuando alguien se aferra a ese uno por ciento de posibilidades que todavía queda.
Y por eso he llamado a este espacio “La deuda humana”.
Porque detrás de cada ejecución hipotecaria hay personas.
Y detrás de muchas personas, hay madres que un día hipotecaron su tranquilidad para ayudar a sus hijos.
Porque la deuda es humana.
Patricia Aragón
Fundadora de Acuerdos DYA
Autora de «La Deuda Humana» y «La Rueda de la Deuda».